Archivos Mensuales: abril 2014

Memento Mori

Decía el poeta francés Théophile Gautier que nacer es comenzar a morir.

Mi primer recuerdo sobre la muerte es de cuanto tenía unos 4 o 5 años. Vivíamos con mis papás en la casa de mi tercer par de abuelos (Antonia y José Generoso), que eran los padrinos de mi padre. La perrita de la casa, Bonita, había muerto.

Uno de mis tíos abrió un hueco en el patio enorme y ahí le dimos a Bonita, cristiana sepultura. Y digo cristiana, porque en el marco de aquel momento tan triste, para todos nosotros había muerto un miembro de la familia, y no podíamos dejar de darle un entierro como tal.

Unos años más tarde, murió el tío Nandito, el hermano de mi abuela Antonia. Recuerdo que esa mañana, salimos de la casa temprano, mi papá y yo, y le dije: “yo creo que tío Nandito ya no aguanta más”. Cuando regresamos en la tarde, pues ya no había mucho que preguntar, porque ya saben cómo es esa sensación extraña que transmiten las casas llenas de gente que no veías desde hace mucho tiempo.

Pero ninguno de estos eventos me iba a preparar para cuando perdí a un amigo a los 16 años. Creo que a esa edad pocos creen que se van a morir, y mucho menos que tendrán que enterrar a alguien de su círculo social. Yairo murió en un accidente automovilístico. La persona al volante se durmió. Aún se me hace un nudo en la garganta, muevo de forma graciosa la nariz, y aguanto las lágrimas cuando pienso en la llamada desde un teléfono público en el hospital Santo Tomás, que recibí ese domingo.

Me resulta fascinante el miedo que le tenemos los seres humanos a morir, como nos reusamos a dejar ir, y todo lo que luchamos por extender lo más que se pueda el viajecito en este cuerpo.

La gente que me oye hablando de la muerte probablemente piense que lo digo de la boca para afuera. Que quizás no se ha muerto alguien tan cercano, o que no me he encontrado en mi lecho de muerte queriendo resistirme al último aliento.

Lo que pasa es que por alguna extraña razón entendí desde muy pequeña que lo único en lo que los seres humanos tenemos garantía de que hay equidad es en la muerte. Todos vamos a morir. No hay nada que podamos hacer. Lo que se puede intentar es forjar una vida que valga la pena ser, al menos, recordada.

Me da mucha pena que alguien joven decida acabar con su vida, y siempre me pregunto si le faltó un amigo. Lo mismo me pasa cuando veo gente que a diario se autodestruye, me pregunto si sus amigos lo son realmente. No hay coerción ni en el pensamiento ni el actuar, pero muchas veces se debe intentar hasta el cansancio. Vivir con la seguridad de que se intentó es preferible a vivir con la culpa de la omisión.

Los que me conocen saben que mis formas no son las más dulces, y no me interesa decir lo que quieres escuchar. Me basta con mantenerme fiel a mí, y lograr lo más difícil que hay en esta sociedad, que es no traicionarme tratando de agradar.

Termino esta entrada recordando a la mujer más hermosa que jamás vi. Mi abuela Aurelia. Pensar en su rostro tranquilo, en todo momento, me llena de una felicidad que atropella, y en la tía abuela más obstinada y tenaz que jamás habrá, Eladia. Que me enseñó que no hay nada que una mujer se proponga y no pueda lograr.

Mujeres irrepetibles, ambas decidieron dejarnos en el 2013.