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Inseguridades

El ser humano está lleno de esos bichos a los que llamamos inseguridades. Y las más obvias, por ser las más evidentes, son las relacionadas con el aspecto físico.

Yo soy la primera en decirle a la gente que haga lo que les haga felices. Empero, hay que saber diferenciar entre felicidad genuina y  la alegría momentánea.

Si a usted no le gusta ni su cabello, ni sus ojos, ni su cuerpo, es decir, se ve en el espejo y no le gusta nada de lo que ve, lo más probable es que usted tenga una autoestima muy baja y en el peor de los casos “sufra” de trastorno dismórfico corporal. Si siente que “hay algo mal” en la forma que usted se ve a sí mismo, trate de buscar ayuda profesional.

Pero yo no quiero hablarles de ese tema tan complejo, no hoy,  yo quiero hablar de las cosas “menores” que no nos gustan de nuestro cuerpo o de nuestra forma de ser. Esas cosas que tal vez son casi imperceptibles para el resto, pero para nosotros son causa de vergüenza.

Es un dolor de cabeza ir a la playa, porque creemos que habrá un panel de críticos viendo cuan deformes somos. O pensar en que fuimos invitados a una boda y lo traumático que será encontrar un vestido lo suficientemente “perfecto” para que nos veamos de la mejor forma que jamás nos hemos visto. Hasta comprar un bendito jeans puede resultar traumático. Inclusive cosas como el tono de voz pueden llegar a avergonzar a alguien.

La verdad es que muchas veces, si no es que la mayoría, somos nosotros mismos nuestros peores críticos. Y entiendo que la autocrítica es buena, siempre y cuando nos impulse a ser mejores versiones de nosotros mismos, y no versiones de otras personas, sobre todo artistas… porque ¡vamos!, nadie es tan prolijo, al menos que tenga un TOC.

Obviamente, como buena freudiana que soy, me inclino siempre en afirmar que la mayoría de nuestros peores miedos tienen su raíz en nuestra infancia. Siempre me uso de ejemplo, porque como dice mi amiga Alejandra, “siempre hablo de mí porque es el tema que mejor domino”, entonces me expondré aquí: De pequeña, no recuerdo un solo día que mi madre no me dijera que yo era una niña muy bonita, me decía otras cosas también, como que era una niña inteligente y capaz. La verdad es que nunca tuve problemas de autoestima, claro, siempre hay bichitos de inseguridad rondándome, pero nunca dejo que estos me detengan.

Obviamente, mi madre en su intento por hacer su trabajo de forma excepcional, tal vez no se dio cuenta que además de aumentarme la autoestima y amor propio, también me estaba convirtiendo en alguien egocéntrico. Realmente no la culpo, he aprendido a bajar las revoluciones y a tratar de pasar “bajo perfil”, algo que para alguien con mi personalidad y tipo de crianza es muy difícil.

Mi consigna siempre es que uno debe amarse como es. Y si no se ama pues debe hacer los cambios, integrales, que lo lleven a eso. Y cuando digo integrales me refiero a cambios de verdad, cambios, que aunque suene a cliché, sean de adentro hacia afuera. De nada van a valer los miles de dólares en estética o cirujano, si usted dentro de sí no ha hecho un cambio real.

Muchas personas son capaces de cambiar de actitud con libros y charlas de autoayuda. Y eso está muy bien, pero hay muchos otros que no. Lo que me gusta de la psicología es que es tan maravillosa y tan rica, que hay tantas teorías como necesidades vayamos desarrollando como seres humanos. Si usted lo que está buscando es un cambio de conducta, pues lo que le conviene es alguna terapia cognitivo-conductual. Si usted es como yo, y le gusta ahondar en el fondo, el porqué y el principio de las cosas, el psicoanálisis es lo suyo.

Cada día es más difícil encontrarnos a nosotros mismos, detrás de todos los papeles que nos toca desarrollar en la actualidad. Antes el panadero del pueblo sólo era eso, el panadero. Y al llegar a casa era padre y esposo. Hoy somos muchas más cosas, con mucha más información bombardeándonos, sobre cómo debemos ser o pensar. Trate de encontrarse dentro de todos esos roles que le ha tocado desarrollar, cuando se encuentre ámese, y si no se ama, búsquese de nuevo, y ámese.

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