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Discursos en borrador

Creo que es muy normal en estas épocas de inicios pensar en el pasado. Antes de estudiar psicología conocía muy poco sobre los mecanismos de defensa, de hecho creo que muchas veces hasta utilicé erróneamente el término. Por esos tiempos creía que simplemente yo contaba con una mala memoria, se me dificultaba recordar cosas que suponen fueron muy importantes para mí, y que de hecho no suponen, lo fueron, pero por alguna razón yo no lograba recordarlas. Muchas veces mis amigos me servían de memoria, y a mí no me quedaba más que asentir y creer que los hechos pasaron tal cual me los iban contando.

Entonces un día en una clase de Teorías Psicológicas, me encontré con una lista de mecanismos de defensa que utilizamos las personas para negar, distorsionar o evadir cualquier evento desagradable, lo bueno (o malo) de esto es que es completamente inconsciente, así que es como un trabajo que no tenemos que hacer, sino que nuestra mente se toma la tarea, sin autorización, de defendernos. Y es así como descubrí que el mecanismo de defensa favorito de mi inconsciente es la disociación. ¿Saben eso que le llaman amnesia selectiva? Pues es real, no es un invento, de hecho es probable que alguna vez le hayas reclamado a alguien por no recordar algo y “hacerse el loco”, cuando en realidad no recordaba genuinamente de qué le hablabas.

Les conté todo esto porque he estado tratando de recordar ciertos eventos de mi pasado, y no logro armar bien el rompecabezas, y aunque en algunos casos es probable que sea mejor que no lo logre, la parte psicoanalista en mí siente la necesidad de rebuscar y recabar hasta en el último rincón de mi memoria todos los eventos importantes que han acontecido en mi historia. Y aunque Gabriel García Márquez diga que la vida no es lo que vivimos sino cómo lo recordamos, no puedo pensar tan poéticamente en cuanto a mi historia. Siento que para poder seguir yendo hacia adelante debo entender por qué hice alguna determinada cosa o dejé de hacerla. Por qué por mucho tiempo mis relaciones no parecían funcionar, por qué he olvidado mucho sobre ellas. Y hablo de mis relaciones porque han sido muchas, y aunque no todas “serias”, todas fueron muy importantes, y es que siempre he sido muy intensa y visceral, y tal vez ahora que me encuentro en una relación sana tengo la cabeza fría para tratar de analizar esos porqués sin apasionarme.

Al final lo que quiero es escribir un discurso, un discurso para cada una de mis historias, discursos que quedarán en borrador, porque tal vez nunca lleguen  a su destino, quizás porque ya no tengan sentido, o quizás porque ya no vale la pena, pero realmente no llegarán porque creo que no seré capaz de llegar a recordar todo lo que necesito para empezar a escribir mis discursos en borrador.

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Inseguridades

El ser humano está lleno de esos bichos a los que llamamos inseguridades. Y las más obvias, por ser las más evidentes, son las relacionadas con el aspecto físico.

Yo soy la primera en decirle a la gente que haga lo que les haga felices. Empero, hay que saber diferenciar entre felicidad genuina y  la alegría momentánea.

Si a usted no le gusta ni su cabello, ni sus ojos, ni su cuerpo, es decir, se ve en el espejo y no le gusta nada de lo que ve, lo más probable es que usted tenga una autoestima muy baja y en el peor de los casos “sufra” de trastorno dismórfico corporal. Si siente que “hay algo mal” en la forma que usted se ve a sí mismo, trate de buscar ayuda profesional.

Pero yo no quiero hablarles de ese tema tan complejo, no hoy,  yo quiero hablar de las cosas “menores” que no nos gustan de nuestro cuerpo o de nuestra forma de ser. Esas cosas que tal vez son casi imperceptibles para el resto, pero para nosotros son causa de vergüenza.

Es un dolor de cabeza ir a la playa, porque creemos que habrá un panel de críticos viendo cuan deformes somos. O pensar en que fuimos invitados a una boda y lo traumático que será encontrar un vestido lo suficientemente “perfecto” para que nos veamos de la mejor forma que jamás nos hemos visto. Hasta comprar un bendito jeans puede resultar traumático. Inclusive cosas como el tono de voz pueden llegar a avergonzar a alguien.

La verdad es que muchas veces, si no es que la mayoría, somos nosotros mismos nuestros peores críticos. Y entiendo que la autocrítica es buena, siempre y cuando nos impulse a ser mejores versiones de nosotros mismos, y no versiones de otras personas, sobre todo artistas… porque ¡vamos!, nadie es tan prolijo, al menos que tenga un TOC.

Obviamente, como buena freudiana que soy, me inclino siempre en afirmar que la mayoría de nuestros peores miedos tienen su raíz en nuestra infancia. Siempre me uso de ejemplo, porque como dice mi amiga Alejandra, “siempre hablo de mí porque es el tema que mejor domino”, entonces me expondré aquí: De pequeña, no recuerdo un solo día que mi madre no me dijera que yo era una niña muy bonita, me decía otras cosas también, como que era una niña inteligente y capaz. La verdad es que nunca tuve problemas de autoestima, claro, siempre hay bichitos de inseguridad rondándome, pero nunca dejo que estos me detengan.

Obviamente, mi madre en su intento por hacer su trabajo de forma excepcional, tal vez no se dio cuenta que además de aumentarme la autoestima y amor propio, también me estaba convirtiendo en alguien egocéntrico. Realmente no la culpo, he aprendido a bajar las revoluciones y a tratar de pasar “bajo perfil”, algo que para alguien con mi personalidad y tipo de crianza es muy difícil.

Mi consigna siempre es que uno debe amarse como es. Y si no se ama pues debe hacer los cambios, integrales, que lo lleven a eso. Y cuando digo integrales me refiero a cambios de verdad, cambios, que aunque suene a cliché, sean de adentro hacia afuera. De nada van a valer los miles de dólares en estética o cirujano, si usted dentro de sí no ha hecho un cambio real.

Muchas personas son capaces de cambiar de actitud con libros y charlas de autoayuda. Y eso está muy bien, pero hay muchos otros que no. Lo que me gusta de la psicología es que es tan maravillosa y tan rica, que hay tantas teorías como necesidades vayamos desarrollando como seres humanos. Si usted lo que está buscando es un cambio de conducta, pues lo que le conviene es alguna terapia cognitivo-conductual. Si usted es como yo, y le gusta ahondar en el fondo, el porqué y el principio de las cosas, el psicoanálisis es lo suyo.

Cada día es más difícil encontrarnos a nosotros mismos, detrás de todos los papeles que nos toca desarrollar en la actualidad. Antes el panadero del pueblo sólo era eso, el panadero. Y al llegar a casa era padre y esposo. Hoy somos muchas más cosas, con mucha más información bombardeándonos, sobre cómo debemos ser o pensar. Trate de encontrarse dentro de todos esos roles que le ha tocado desarrollar, cuando se encuentre ámese, y si no se ama, búsquese de nuevo, y ámese.

¿Por qué Psicología?

El año pasado inicié mi aventura de volver a la Universidad, (luego de casi tres años sin usar mi cerebro para estudiar) tomé la decisión de optar por una nueva licenciatura en vez de una maestría (que es lo más común por estos días). Dicho sea de paso, esta nueva carrera tiene (casi) nada tiene que ver  con el título que tengo actualmente.

Por esos días Lucas me hizo una pregunta mientras íbamos en el carro, saliendo de una de mis primeras clases. “¿Qué haces si a tu consulta llegan unos padres con su hijo gay para que lo ayudes?”, mi respuesta fue casi sin pensar: “Les diría: los que necesitan terapia son ustedes, no su hijo”. Obviamente no les diría algo tan fuerte (espero). Cuando culmine mi viaje, de cuatro años, por las tierras de psi ya tendré las herramientas para decírselos de una forma más bonita.

Recordé esta anécdota porque hoy, publicado en La  Prensa, el Sr. Miguel Espino Perigault escribó un artículo que tiene por título: “Si tuviera un hijo gay”. Citaré algunas de las frases más llamativas.

(No coloco el link porque no sé cuándo es que tendremos que empezar a pagar para ver La Prensa en línea)

“Si yo tuviera un hijo gay adulto, a estas alturas de mi vida, le pediría perdón por no haberlo sabido educar. Por no haberle brindado el amor y las atenciones adecuadas que necesitaba en su crecimiento. Por no haberle enseñado a confiar en mí, por no haberle conocido sus amiguitos o amigos de la adolescencia y más allá.”

Aquí, el Sr. Espino Perigault afirma que el ser homosexual es producto de una mala educación, poco amor y pocas atenciones. Falta de confianza de un hijo hacia su padre y por el no conocer a los amigos de su hijo.

Yo desconozco si el Sr. Espino Perigault es padre (espero que no). Lo que me queda claro es el nivel tan bajo al que puede llegar este señor, al sugerir que un padre es culpable de la orientación sexual de sus hijos. Primero, como si el ser homosexual fuera algo negativo, y segundo como si dependiera de un padre el tipo de relaciones sexuales que va a tener su hijo.

“El homosexualismo se puede “curar” (palabra prohibida so pena de ser acusado de homofobia). Pero, del homosexualismo se puede liberar la persona homosexual, con las terapias adecuadas. Esto está demostrado.”

Al volver a leer esto me doy cuenta lo peligroso que es que este señor tenga un espacio para que miles lo lean. También me aterra pensar la cantidad de mentes que pudo haber afectado en sus años de educador. Espero que esos jóvenes hayan tenido la fortaleza y entereza mental para soportar la verborrea de odio y mentiras de este señor.

Afirmar que el homosexualismo se puede curar es querer engañarse y engañar. Desde hace 40 años la homosexualidad dejó de considerarse una enfermedad por la comunidad científica internacional. En países como Alemania, Argentina, Reino Unido y Noruega están completamente prohibidas este tipo de terapias, por ser consideradas como peligrosas, y además del hecho de que  no existen evidencias científicas que afirmen que la conversión sea posible.

Los dejo con el último fragmento que decidí compartir del escrito del señor Espino Perigault.

“A mi hijo gay adolescente lo convencería de aceptar el tratamiento, por su bien y su verdadera felicidad. En estas terapias, la fe en Dios y en su plan de salvación para el cristiano, sobre todo, es la mitad de la solución, podríamos decir.”

Espero de todo corazón que cada día podamos sacar a más personas de la oscuridad en la que han decidido vivir. Que jóvenes no se vean en la triste situación de ser sometidos a este tipo de tratamientos. Que más padres apoyen a sus hijos como la Sra. Agnes de González. Que todos busquemos informarnos más antes de crear una postura “anti” o “pro” en materia de derechos.

Nadie debe ser discriminado por ninguna razón. Nadie debe ser obligado a cambiar.

Por todo lo anterior escogí Psicología, porque quiero y necesito crear espacios para que las personas puedan sanar sus heridas, seguir adelante y vivir una vida sin temores.  No existe la coerción en el crecimiento mental ni espiritual.

GAY - NOT GAY

Un post Egocéntrico

Con 26 años tomé la decisión de volver a la Universidad. Ya con una licenciatura en Artes Culinarias decidí estudiar Psicología. El comportamiento de las personas siempre me ha llamado la atención, desde pequeña me cuestionaba las decisiones o elecciones de los seres humanos, y siempre he sentido mucha afinidad y empatía con los que necesitan ayuda.

En la psicología he encontrado una forma en la que esa empatía por el prójimo pueda ser canalizada de forma positiva y llegar a obtener resultados en los que la persona pueda mejorar su calidad de vida, empezando por mejorar su entendimiento propio. El camino al autoconocimiento es largo y muchas veces es difícil detenernos un momento a preguntarnos quienes en realidad somos, estamos muy ocupados en nuestros distintos roles que olvidamos el rol de ser nosotros mismos aunque sea por un momento.

El psicólogo debe procurar mantener su sanidad mental para así poder ofrecer su ayuda de forma objetiva y segura. No debe dejar que sus prejuicios o sus creencias afecten el diagnostico de un paciente o cliente. Nacimos con una página casi en blanco, nuestro pasado forma lo que somos hoy, pero el hoy transforma lo que serás mañana.  

El Teatro de la vida

Desde pequeña me he jactado de que en casa y en la calle he podido ser siempre la misma. De niña recuerdo que mis padres me dieron suficiente libertad para escoger mi ropa, mis juguetes y hasta mi forma de hablar o actuar, la única cosa que me decían era que tenía que ser responsable con las reacciones que sobrevinieran a mis acciones. Y digo me he jactado porque veía como eran algunos de mis compañeritos en la escuela y luego tenía que ver cómo se convertían en otra persona frente a sus padres y eso siempre me ha hecho sentir orgullosa.

Es así como me desarrollé como una joven extrovertida, sin muchas inseguridades (salvo las que llegan con la adolescencia) y responsable de mis actos. Pero, ¿cómo me ven los demás?, ¿me ven como yo creo que soy?, ¿realmente soy eso que creo ser?

En psicología se estudia la teoría de la auto-verificación, y no es más que el proceso mental en el que queremos que los demás nos vean como nosotros deseamos. Freud conforma al aparato psíquico en tres instancias: el Id (deseos, impulsos), el ego (razonamiento realista) y el super-ego (conciencia moral). Carl Jung, alumno de Freud, dividió la psiquis en el yo (consciente), el inconsciente personal (cualquier cosa que no esté presente en el consciente) y el inconsciente colectivo (herencia psíquica). Jung profundizó en el inconsciente colectivo definiendo varios arquetipos[i]. Los o el arquetipo sería una tendencia innata (no aprendida) a experimentar las cosas de una determinada manera.

Existe un arquetipo llamado el self, que es la meta en la vida. No es más que nuestro auto-concepto (cómo me veo). Pero, voilà!, existe un self verdadero y uno falso. Estos términos se le acuñen al psiquiatra inglés Donald Woods Winnicott. Él afirmaba que el verdadero self es espontáneo, instintivo y genuino. En cambio el falso self es producto de una mala adaptación al ambiente, si la madre, padre o sustituto no es suficientemente buena, el bebé adoptará una especie de defensa, en la que no actuará de acuerdo a su self, sino de acuerdo a las exigencias de su entorno, de manera complaciente. La cuestión está en que para Winnicott todos tenemos a ambos self.

Basada en esto último me gusta venos como actores de una gran obra llamada vida. Todos tenemos diferentes roles, dependiendo de dónde y con quienes estemos, y por esto seremos vistos de distintas formas, diferentes ‘yo’. Nunca podremos ser vistos como queremos ni de igual forma por todos.

Les dejo un pedacito de la obra de Pedro Calderón de la Barca, La vida es Sueño. Esta parte de la obra es un cliché, pero yo amo los clichés. Ha de ser mi inconsciente colectivo manifestándose…

“¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son”.


[i] «una tendencia innata a generar imágenes con intensa carga emocional que expresan la primacía relacional de la vida humana». Carl Gustav Jung